lunes, 19 de septiembre de 2011

Lápiz de suave carbón.


Aún recuerdo cómo me desvelabas cada noche de luna llena. Eras mi droga preferida, esa que consumía de a poco y extasiaba cada poro de mi piel. El verte aparecer a través de mis ojos, aceleraba los latidos de mi corazón con una fuerza tan inmensa como la de un huracán.

Una de la mañana marcaban las agujas del reloj, a quién le importaba si había que madrugar cuando el sol saliera, yo sólo quería seguirte el rastro, extasiarme de tus palabras que como caricias se deslizaban por mi alma ilusionada, mi alma tonta.

Parece que te hubieras quedado impregnado en mis venas y que no existiera pócima para sacarte de ahí; cada vez que quería respirar, el aire se me iba, mi mirada se perdía en un vacío tenue, ya no habían palabras, no habían risas, ni dulces momentos; es como si de un sol para el otro, tu gracia se hubiera marchado tras la oferta de una luna mejor, una luz más brillante.

Si algún día tengo que recordar una aventura maravillosa, sin duda será esta, donde aprendí tanto como perdí; donde cada lágrima fue secada con la dosis de sonrisas que hacías brotar de mi ser.

Por querer irme corriendo tras tu aroma, me olvidé que mi paraíso estaba frente a mí, ahora lo entiendo, fuiste ese lápiz suave que tuve que aprender a usar, pero que en algún momento debía terminarse, para por fin empezar a escribir mi vida con un lapicero de tinta duradera.

Septiembre 18 2011