Llegaste en tiempo de tormenta, te acomodaste suave y frágilmente en mi corazón. Cosiste cada herida que mi alma tenía, llenaste de ilusión la mente de esta soñadora. Me mostraste con dulzura el placer de amar, de sonreir, de besar.
Me aferré a tu mano como nunca lo había hecho antes, construiste un castillo de abrazos y caricias. Rompiste con el hielo que cubría mi espíritu. Así, cupido te apoderaste de mis minutos y segundos.
Y después te marchaste, sin siquiera regalarme una última mirada, una última palabra. Tiraste tu flecha justo en el olvido, sumaste a la lista un alma destruida, y yo me pregunto ¿quién recogerá los pedazos?. No entres más a mi guarida , no eres bien recibido, ahora solo espero que ni la soledad decida viajar lejos, porque ahi sí moriría mi única compañía.