Cuando voy por la calle y veo el amor que rodea a las personas, me entra una emoción inexplicable, mis latidos se aceleran en cantidad y experimento una sensación de felicidad inmensa. El saber que todavía hay una razón de peso por la cual levantarse cada mañana, es mágico.
Vivimos tantas veces atormentándonos por pequeñeces que nos amargan los momentos; cuando en realidad la luz del sol nos está cegando de tanta belleza que vemos por ahí. ¡La vida hay que bebérsela! suavemente, de a poquito, haciendo paradas, disfrutando cada sorbo, algunos otros tragándolos rápidos para que desaparezcan pronto; pero siempre sintiendo el sabor que trae cada uno de ellos.
Son tantas las razones que hay para reir, tantas las charlas que compartir y tantos los abrazos que dar. Cuando me encuentro por ahí personas que irradian luz y ganas de vivir, es como si una corriente eléctrica traspasara mis poros y me llegara directo al corazón, a los músculos, a los huesos; la vida llama a más vida; las sonrisas traen más carcajadas, y lo malo, tarde que temprano empieza a desaparecer, en silencio, en paz.
No nos perdamos de la loca vida que nos reclama a cada instante tomárnosla; que nuestros problemas no sean más grandes que nuestras ganas de ver, de oir, de sentir, de saborear, de tocar, de oler, de percibir. Cuando nos atrape la incertidumbre, el dolor, el desespero; sentémonos, pidamos un trago de vida bien cargado de esperanza y brindemos por poder hacerlo; porque mientras haya vida lo demás va llegando sólo.
24/08/2011
