viernes, 5 de diciembre de 2014
Seres momentáneos de llanto.
Hoy, justo hoy que el cielo despejado formaba con sus nubes blancas un montón de filosofía espacial, y que el olor de un recuerdo me llevó a voltear y darme cuenta que lo enterrado se queda ahí; justo hoy entendí que somos seres momentáneos de llanto.
"Lo que alguna vez te hizo llorar, ya pasará", canta Adrian Berra en una de sus majestuosas obras musicales. Y cuánta razón tiene.
¿Quién determina la duración de un momento? ¿Por qué el afán de quedarnos en la melancolía? Un momento para el desesperado puede ser 1 segundo, para el soñador 1 año, y para el ingenuo toda una vida. Las lágrimas son un lapso de tiempo que se congelan en una nostalgia que ahoga, pero son sólo eso: "un lapso de tiempo" y de ahí debemos salir.
Florece dentro de cada uno, el sentimiento característico de un ser de llanto momentáneo. Lo que nos purifica, lo que nos limpia y permite que traspasemos la dimensión de lo material, es solo un escalón para transformarnos desde adentro y continuar en el viaje que se nos ha designado.
Caminando, ahí bajo ese azul eterno y reconfortante, pude ver lo frágiles y fuertes que somos, pude comprender que después de tu medida de tiempo, puedes volver a sentir que ni los segundos, minutos y horas llorados fueron en vano, sino más bien, fueron la raíz que te sostuvieron cuando todo se había derrumbado.
5 de diciembre de 2014.
jueves, 13 de marzo de 2014
La calma vuelve.
Las tormentas, cuando llegan, causan una agonía que creemos inacabable. De repente, el sol que alumbraba las miradas, se ocultó y en su lugar, lo gris adornó los ropajes, las sonrisas...los pocos pasos.
Uno, en su terquedad y melancolía; dispone todo a su alrededor para que la tristeza no se desprenda de la carne que la aclama; como si el masoquismo fuese un apego ilógico, un deporte irracional. Las madrugadas, largas madrugadas; las únicas compañeras del desvelo, que sigiloso se escabulle en la mente y entorpece la resignación.
Una tormenta, no se mide por la magnitud con la que devasta un pueblo o aún peor, un alma. La tormenta, en realidad, es aniquiladora cuando el cuerpo que embiste no está preparado para sufrir la magnitud de perder la esperanza a la que tanto se aferraba.
Pero, después que las lágrimas se secan como hojas al iniciar otoño; renace nuestro ser y embellecemos desde adentro; cual primavera que surge y llena de color todo a su paso.
La calma vuelve, la calma ha estado. Nunca se va de nuestro inconsciente, el anhelo de tiempos mejores. Sanar-se. Curar-se. Vivir-se. Al fin y al cabo, la calma sólo se siente, cuando la tormenta nos ha transformado.
13/03/2014
Juliana Forero M.
13/03/2014
Juliana Forero M.
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