jueves, 13 de marzo de 2014

La calma vuelve.

Las tormentas, cuando llegan, causan una agonía que creemos inacabable. De repente, el sol que alumbraba las miradas, se ocultó y en su lugar, lo gris adornó los ropajes, las sonrisas...los pocos pasos.

Uno, en su terquedad y melancolía; dispone todo a su alrededor para que la tristeza no se desprenda de la carne que la aclama; como si el masoquismo fuese un apego ilógico, un deporte irracional. Las madrugadas, largas madrugadas; las únicas compañeras del desvelo, que sigiloso se escabulle en la mente y entorpece la resignación.

Una tormenta, no se mide por la magnitud con la que devasta un pueblo o aún peor, un alma. La tormenta, en realidad, es aniquiladora cuando el cuerpo que embiste no está preparado para sufrir la magnitud de perder la esperanza a la que tanto se aferraba.

Pero, después que las lágrimas se secan como hojas al iniciar otoño; renace nuestro ser y embellecemos desde adentro; cual primavera que surge y llena de color todo a su paso. 

La calma vuelve, la calma ha estado. Nunca se va de nuestro inconsciente, el anhelo de tiempos mejores. Sanar-se. Curar-se. Vivir-se. Al fin y al cabo, la calma sólo se siente, cuando la tormenta nos ha transformado.  

13/03/2014
Juliana Forero M.

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